7. Dignidad y libertad
3-12, 2007 por ArvoNet
La Inmaculada Concepción
Dignidad y libertad
REFLEXIONES TEOLÓGICAS
Cuando el Magisterio de la Iglesia define un dogma no obedece a un “prurito dogmaticista” ni a una razón puramente estética. Nos basta su autoridad, pero la Iglesia la ejerce siempre fundada en razones. Indaga - como hemos visto ya - en la Sagrada Escritura, en la Tradición apostólica, en el sentido de los fieles y también se pregunta por las razones que ha podido tener la Trinidad para hacer las cosas de un modo que pueden no ser de unívoca necesidad.
a) La dignidad correspondiente a la Madre de Dios
La razón teológica más poderosa de la Concepción Inmaculada de María es seguramente la necesaria proporción que, en lo posible, debía haber entre el ser de la Madre de Dios y el de quien había de su hijo, es decir, el Hijo de Dios: Dios Hijo. Según la economía de la Redención, el Logos había de hacerse carne, hombre, de una mujer, verdadera hija de Eva, sin dejar de ser Persona divina. María había de ser la Nueva Eva de la que hablarán los Padres. En y de Ella -ex Maria Virgine-, en su seno, por obra del Espíritu Santo, había de tener lugar nada menos que la unión hipostática, es decir María había de ser procreadora de un ser verdaderamente humano que no se convertiría después en Dios, sino que sería desde el momento de la concepción el ser humano (naturaleza humana) de Dios Hijo. El cuerpo de María -y antes, no se olvide, su mente, por tanto, toda su alma, todo su ser - había de ser digno de tal acontecimiento. El Dios de Dios, Luz de Luz, Santidad absoluta y eterna en Persona había de ser concebido en el tiempo, propiamente por una madre, María (ex Maria).
Es comprensible que a esa luz leamos Lucas 1, 28 interpretando en sentido plenísimo el término kecharitomene: creada desde el principio de su existir llena de gracia; hecha de la misma materia natural que su madre Ana, pero profundamente transformada por la gracia al extremo de ser desde el primer momento una criatura hecha nueva1, la Mujer Nueva, con más Gracia que la de todos los santos, incluidos los Ángeles, como corresponde, en cuanto es posible, a la dignidad de poder llegar a concebir a una Persona divina (porque verdaderamente es Theotokos, Madre de Dios Hijo). Si se piensa en la grandiosidad del evento difícilmente puede negársele a la Madre de Dios tal privilegio: más que Ella solo Dios. El misterio es enorme. El acontecimiento supera todo lo creatural. Su cuerpo, todo su ser, había de implicarse de alguna manera en la unión hipostática (unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana en la Persona del Verbo); su cuerpo había de ser previamente santificado del modo máximo posible en una criatura. Su santidad había de ser - en cuanto fuera factible al poder de Dios - a la medida de la santidad del Hijo. Como reza la Liturgia, Dios Padre preparó el cuerpo y el alma de María como digna morada de su Hijo 2.
Enseña el Concilio Vaticano II que para preparar una digna morada a su Hijo, quiso Dios que su Madre fuera santísima, libre de toda culpa y pecado, es decir, rigurosa y estrictamente inmaculada, sin mancha alguna. Para ser la Madre del Salvador, María fue “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante” [3]. Así, pues, como la gracia que recibe es para ser la Madre de Dios, la recibe -en lo posible- proporcionada, en plenitud [4]. No podemos hacernos idea cabal. Pero se entiende que Santo Tomás no pueda dejar de reconocer que la Madre de Dios goza de una «cierta dignidad infinita» 5; que Cayetano afirme que «alcanza los límites de la divinidad» 6; que san Buenaventura asegure que «Dios puede hacer un mundo mayor, pero no puede hacer una Madre más perfecta» 7; y que Pio XII diga que «la dignidad de la Madre de Dios es singularísima, sublime y casi divina» 8
¿Cómo podía concebir la mente divina, en su designio eterno de redención, a la que iba a ser Hija, Madre y Esposa de Dios? San Josemaría Escrivá lo expresa así: «¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo omnipotente, sapientísimo y el mismo Amor, su poder realizó todo su querer (…). Los teólogos han formulado con frecuencia un argumento semejante, destinado a comprender de algún modo el sentido de ese cúmulo de gracias de que se encuentra revestida María y que culmina con la Asunción a los cielos. Dicen: convenía, Dios podía hacerlo, luego lo hizo [9]. Es la explicación más clara de por qué el Señor concedió a su Madre, desde el primer instante de su inmaculada concepción, todos los privilegios. Estuvo libre del poder de Satanás; es hermosa - tota pulchra! -, limpia, pura en alma y cuerpo» [10].
Juan Pablo II sintetiza nuestro tema: «María es «llena de gracia», porque la Encarnación del Verbo, la unión hipostática del Hijo de Dios con la naturaleza humana, se realiza y cumple precisamente en ella. Como afirma el Concilio, María es «Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas».» (RM 9)
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña también que «convenía que fuese “llena de gracia” la madre de Aquél en quien “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente”» [27]. Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la “Hija de Sión”: “Alégrate” [28]. Y enseguida añade “llena de gracia”, o más literalmente: “transformada (maravillosamente) por la gracia (de Dios)” [29]. Todo fiel cristiano es transformado por la gracia (cf. Ef 1, 6), pero la transformación que Dios ha obrado en María es insospechada, porque ha sido con vista a su maternidad divina. María ha sido elegida como Madre de Dios. El Verbo va a hacerse carne en Ella.
Nunca habremos de perder de vista que la Virgen ha sido, es y será siempre criatura. No hay seres intermedios entre criatura y Creador, como se imagina en algunas teosofías. Tampoco Cristo es hombre convertido en Dios, sino Dios hecho hombre: la Persona del Verbo asume una naturaleza humana, sin mezcla ni confusión entre su naturaleza humana y la naturaleza divina. Por ello mismo la «plenitud» de gracia de que estamos hablando en María implica una suerte de divinización inimaginable, por participación, aunque no fuera inicialmente absoluta, como la de Cristo, sino relativa y progrediente (creció con su correspondencia a lo largo de su vida en la tierra). Pero, como han afirmado los Padres de la tradición oriental la Madre de Dios es “la Toda Santa” (”Panagia”); la celebran como inmune de toda mancha de pecado, como plasmada por el Espíritu Santo y hecha nueva criatura” [11]. También afirman que por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
b) La necesidad de disponer de una libertad perfecta.
El Catecismo indica otra poderosa razón de la gran conveniencia de la plenitud de gracia de María desde el primer instante de su concepción: para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios [30]. La respuesta de María al mensaje divino del Ángel requería toda la fuerza de una libertad purísima, abierta al don más grande que pueda imaginarse y también a la cruz más pesada que jamás se haya puesto sobre el corazón de madre alguna (la “espada” de que le habló Simeón en el Templo) [31]. Aceptar la Voluntad de Dios conllevaba para la Virgen cargar con un dolor inmenso en su alma llena del más exquisito amor. Saber, como hubo de saber María - al menos por la instrucción que recibió de la Sagrada Escritura, como todos los israelitas y su singular agudeza intelectual - que Dios le proponía ser madre de quien estaba escrito: «No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas, ni belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada» [32]. Era muy duro aceptar tal suerte para quien había de querer mucho más que a Ella misma. La Virgen María necesitó toda la fuerza de su voluntad humana, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo en plenitud para poder decir - con toda consciencia y libertad - su fiat al designio divino. Esta enorme riqueza espiritual no rebaja un punto su mérito: sencilla y grandiosamente hace posible lo que sería humanamente imposible: da a María la capacidad del sí rotundo. Ella puso su entera y libérrima voluntad. Para entendernos: Dios me ha dado a mí la gracia de responder afirmativamente a mi vocación divina. Sin esa gracia no habría podido decir que sí; pero con ella no quedé forzado a decirlo. Podía haber dicho que no sin ofenderle, pues, en principio, la vocación divina no es un mandato inesquivable, sino una invitación: “si quieres, ven y sígueme” [33].
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NOTAS
1 Cfr. CEC 493
2 Preces selectas, antífona siguiente al canto o rezo de la Salve; también Benedicto XVI, Después del Angelus, 8-XII-2005.
3 LG 56; CEC 490
4 Cfr. LG 53.
5 Santo Tomás de Aquino, S. Th., I, q. 25., a. 6 ad 4.
6 Cayetano, In II-II, 103, 4 ad 2.
7 San Buenaventura, Speculum, 8
8 Pio XII, Ad Caeli Reginam, 11-X- 1954.
9 Cfr. Juan Duns Escoto, In III Sententiarum, dist. III, q. 1.
10 San Josemaría Escrivá., Es Cristo que pasa, núm 171.
11 Cfr. CEC 493
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Nota 1: viene de los capítulos 1-6, publicados en esta misma página:
arvonet.wordpres.com
Nota 1:
© Antonio Orozco Delclós
© Ediciones Rialp, Madrid
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