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Solemnidad de la Inmaculada Concepción
S.S. BENEDICTO XVI
En el Ángelus,
Viernes 8 de diciembre de 2006
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos una de las fiestas de la santísima Virgen más bellas y populares: la Inmaculada Concepción. María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor.
Todo esto está contenido en la verdad de fe de la “Inmaculada Concepción”. El fundamento bíblico de este dogma se encuentra en las palabras que el ángel dirigió a la joven de Nazaret: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). “Llena de gracia” —en el original griego kecharitoméne— es el nombre más hermoso de María, un nombre que le dio Dios mismo para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, “el amor encarnado de Dios” (Deus caritas est, 12).
Podemos preguntarnos: ¿por qué entre todas las mujeres Dios escogió precisamente a María de Nazaret? La respuesta está oculta en el misterio insondable de la voluntad divina. Sin embargo, hay un motivo que el Evangelio pone de relieve: su humildad. Lo subraya bien Dante Alighieri en el último canto del “Paraíso”: “Virgen Madre, hija de tu Hijo, la más humilde y más alta de todas las criaturas, término fijo del designio eterno” (Paraíso XXXIII, 1-3). Lo dice la Virgen misma en el Magníficat, su cántico de alabanza: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, (…) porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1, 46. 48). Sí, Dios quedó prendado de la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos (cf. Lc 1, 30). Así llegó a ser la Madre de Dios, imagen y modelo de la Iglesia, elegida entre los pueblos para recibir la bendición del Señor y difundirla a toda la familia humana.
Esta “bendición” es Jesucristo. Él es la fuente de la gracia, de la que María quedó llena desde el primer instante de su existencia. Acogió con fe a Jesús y con amor lo donó al mundo. Esta es también nuestra vocación y nuestra misión, la vocación y la misión de la Iglesia: acoger a Cristo en nuestra vida y donarlo al mundo “para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17).
Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de la Inmaculada ilumina como un faro el período de Adviento, que es un tiempo de vigilante y confiada espera del Salvador. Mientras salimos al encuentro de Dios que viene, miramos a María que “brilla como signo de esperanza segura y de consuelo para el pueblo de Dios en camino” (Lumen gentium, 68). Con esta certeza os invito a uniros a mí cuando, por la tarde, renueve en la plaza de España el tradicional homenaje a esta dulce Madre por gracia y de la gracia. A ella nos dirigimos ahora con la oración que recuerda el anuncio del ángel.
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La Inmaculada Concepción
Dignidad y libertad
REFLEXIONES TEOLÓGICAS
Cuando el Magisterio de la Iglesia define un dogma no obedece a un “prurito dogmaticista” ni a una razón puramente estética. Nos basta su autoridad, pero la Iglesia la ejerce siempre fundada en razones. Indaga – como hemos visto ya – en la Sagrada Escritura, en la Tradición apostólica, en el sentido de los fieles y también se pregunta por las razones que ha podido tener la Trinidad para hacer las cosas de un modo que pueden no ser de unívoca necesidad.
a) La dignidad correspondiente a la Madre de Dios
La razón teológica más poderosa de la Concepción Inmaculada de María es seguramente la necesaria proporción que, en lo posible, debía haber entre el ser de la Madre de Dios y el de quien había de su hijo, es decir, el Hijo de Dios: Dios Hijo. Según la economía de la Redención, el Logos había de hacerse carne, hombre, de una mujer, verdadera hija de Eva, sin dejar de ser Persona divina. María había de ser la Nueva Eva de la que hablarán los Padres. En y de Ella -ex Maria Virgine-, en su seno, por obra del Espíritu Santo, había de tener lugar nada menos que la unión hipostática, es decir María había de ser procreadora de un ser verdaderamente humano que no se convertiría después en Dios, sino que sería desde el momento de la concepción el ser humano (naturaleza humana) de Dios Hijo. El cuerpo de María -y antes, no se olvide, su mente, por tanto, toda su alma, todo su ser – había de ser digno de tal acontecimiento. El Dios de Dios, Luz de Luz, Santidad absoluta y eterna en Persona había de ser concebido en el tiempo, propiamente por una madre, María (ex Maria).
Es comprensible que a esa luz leamos Lucas 1, 28 interpretando en sentido plenísimo el término kecharitomene: creada desde el principio de su existir llena de gracia; hecha de la misma materia natural que su madre Ana, pero profundamente transformada por la gracia al extremo de ser desde el primer momento una criatura hecha nueva1, la Mujer Nueva, con más Gracia que la de todos los santos, incluidos los Ángeles, como corresponde, en cuanto es posible, a la dignidad de poder llegar a concebir a una Persona divina (porque verdaderamente es Theotokos, Madre de Dios Hijo). Si se piensa en la grandiosidad del evento difícilmente puede negársele a la Madre de Dios tal privilegio: más que Ella solo Dios. El misterio es enorme. El acontecimiento supera todo lo creatural. Su cuerpo, todo su ser, había de implicarse de alguna manera en la unión hipostática (unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana en la Persona del Verbo); su cuerpo había de ser previamente santificado del modo máximo posible en una criatura. Su santidad había de ser – en cuanto fuera factible al poder de Dios – a la medida de la santidad del Hijo. Como reza la Liturgia, Dios Padre preparó el cuerpo y el alma de María como digna morada de su Hijo 2.
Enseña el Concilio Vaticano II que para preparar una digna morada a su Hijo, quiso Dios que su Madre fuera santísima, libre de toda culpa y pecado, es decir, rigurosa y estrictamente inmaculada, sin mancha alguna. Para ser la Madre del Salvador, María fue “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante” [3]. Así, pues, como la gracia que recibe es para ser la Madre de Dios, la recibe -en lo posible- proporcionada, en plenitud [4]. No podemos hacernos idea cabal. Pero se entiende que Santo Tomás no pueda dejar de reconocer que la Madre de Dios goza de una «cierta dignidad infinita» 5; que Cayetano afirme que «alcanza los límites de la divinidad» 6; que san Buenaventura asegure que «Dios puede hacer un mundo mayor, pero no puede hacer una Madre más perfecta» 7; y que Pio XII diga que «la dignidad de la Madre de Dios es singularísima, sublime y casi divina» 8
¿Cómo podía concebir la mente divina, en su designio eterno de redención, a la que iba a ser Hija, Madre y Esposa de Dios? San Josemaría Escrivá lo expresa así: «¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo omnipotente, sapientísimo y el mismo Amor, su poder realizó todo su querer (…). Los teólogos han formulado con frecuencia un argumento semejante, destinado a comprender de algún modo el sentido de ese cúmulo de gracias de que se encuentra revestida María y que culmina con la Asunción a los cielos. Dicen: convenía, Dios podía hacerlo, luego lo hizo [9]. Es la explicación más clara de por qué el Señor concedió a su Madre, desde el primer instante de su inmaculada concepción, todos los privilegios. Estuvo libre del poder de Satanás; es hermosa – tota pulchra! -, limpia, pura en alma y cuerpo» [10].
Juan Pablo II sintetiza nuestro tema: «María es «llena de gracia», porque la Encarnación del Verbo, la unión hipostática del Hijo de Dios con la naturaleza humana, se realiza y cumple precisamente en ella. Como afirma el Concilio, María es «Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas».» (RM 9)
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña también que «convenía que fuese “llena de gracia” la madre de Aquél en quien “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente”» [27]. Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la “Hija de Sión”: “Alégrate” [28]. Y enseguida añade “llena de gracia”, o más literalmente: “transformada (maravillosamente) por la gracia (de Dios)” [29]. Todo fiel cristiano es transformado por la gracia (cf. Ef 1, 6), pero la transformación que Dios ha obrado en María es insospechada, porque ha sido con vista a su maternidad divina. María ha sido elegida como Madre de Dios. El Verbo va a hacerse carne en Ella.
Nunca habremos de perder de vista que la Virgen ha sido, es y será siempre criatura. No hay seres intermedios entre criatura y Creador, como se imagina en algunas teosofías. Tampoco Cristo es hombre convertido en Dios, sino Dios hecho hombre: la Persona del Verbo asume una naturaleza humana, sin mezcla ni confusión entre su naturaleza humana y la naturaleza divina. Por ello mismo la «plenitud» de gracia de que estamos hablando en María implica una suerte de divinización inimaginable, por participación, aunque no fuera inicialmente absoluta, como la de Cristo, sino relativa y progrediente (creció con su correspondencia a lo largo de su vida en la tierra). Pero, como han afirmado los Padres de la tradición oriental la Madre de Dios es “la Toda Santa” (“Panagia”); la celebran como inmune de toda mancha de pecado, como plasmada por el Espíritu Santo y hecha nueva criatura” [11]. También afirman que por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
b) La necesidad de disponer de una libertad perfecta.
El Catecismo indica otra poderosa razón de la gran conveniencia de la plenitud de gracia de María desde el primer instante de su concepción: para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios [30]. La respuesta de María al mensaje divino del Ángel requería toda la fuerza de una libertad purísima, abierta al don más grande que pueda imaginarse y también a la cruz más pesada que jamás se haya puesto sobre el corazón de madre alguna (la “espada” de que le habló Simeón en el Templo) [31]. Aceptar la Voluntad de Dios conllevaba para la Virgen cargar con un dolor inmenso en su alma llena del más exquisito amor. Saber, como hubo de saber María – al menos por la instrucción que recibió de la Sagrada Escritura, como todos los israelitas y su singular agudeza intelectual – que Dios le proponía ser madre de quien estaba escrito: «No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas, ni belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada» [32]. Era muy duro aceptar tal suerte para quien había de querer mucho más que a Ella misma. La Virgen María necesitó toda la fuerza de su voluntad humana, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo en plenitud para poder decir – con toda consciencia y libertad – su fiat al designio divino. Esta enorme riqueza espiritual no rebaja un punto su mérito: sencilla y grandiosamente hace posible lo que sería humanamente imposible: da a María la capacidad del sí rotundo. Ella puso su entera y libérrima voluntad. Para entendernos: Dios me ha dado a mí la gracia de responder afirmativamente a mi vocación divina. Sin esa gracia no habría podido decir que sí; pero con ella no quedé forzado a decirlo. Podía haber dicho que no sin ofenderle, pues, en principio, la vocación divina no es un mandato inesquivable, sino una invitación: “si quieres, ven y sígueme” [33].
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NOTAS
1 Cfr. CEC 493
2 Preces selectas, antífona siguiente al canto o rezo de la Salve; también Benedicto XVI, Después del Angelus, 8-XII-2005.
3 LG 56; CEC 490
4 Cfr. LG 53.
5 Santo Tomás de Aquino, S. Th., I, q. 25., a. 6 ad 4.
6 Cayetano, In II-II, 103, 4 ad 2.
7 San Buenaventura, Speculum, 8
8 Pio XII, Ad Caeli Reginam, 11-X- 1954.
9 Cfr. Juan Duns Escoto, In III Sententiarum, dist. III, q. 1.
10 San Josemaría Escrivá., Es Cristo que pasa, núm 171.
11 Cfr. CEC 493
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Nota 1: viene de los capítulos 1-6, publicados en esta misma página:
arvonet.wordpress.com
Nota 1:
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La Inmaculada Concepción
Dificultades teológicas y solución
La doctrina de la Inmaculada encontró cierta resistencia en Occidente. Hubo santos, como Agustín, Bernardo, Alberto Magno, Buenaventura y Tomás de Aquino, que al tiempo de afirmar la eximia santidad de María, se resistían a proclamar rotundamente el privilegio de la Inmaculada; no percibían cómo conciliarlo con la universalidad de la Redención operada por Cristo. El Antiguo Testamento habla de un contagio del pecado que afecta a “todo nacido de mujer” (Sal 50, 7; Jb 14, 2). En el Nuevo Testamento, san Pablo declara que, como consecuencia de la culpa de Adán, «todos pecaron» y que «el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación» (Rm 5, 12. 18). El Catecismo de la Iglesia católica enseña que el pecado original «afecta a la naturaleza humana», que se encuentra así «en un estado caído». Por eso, el pecado se transmite «por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales”» (n. 404). ¿Cómo explicar la excepción en la herencia del pecado original que todos recibimos y en la necesidad que todos tenemos de ser redimidos?
La respuesta del Magisterio es clara: en este punto no se trata de una excepción 1. María no es una criatura exenta de redención, por el contrario: es la primera redimida por Cristo y lo ha sido de un modo eminente en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano 2. De ahí le viene toda esa «resplandeciente santidad del todo singular» de la que ella fue «enriquecida desde el primer instante de su concepción» 3.
A la dificultad teológica sobre cómo podía una persona ser redimida sin haber contraído al menos un instante el pecado original, se responde con la distinción entre «redención liberativa» y «redención preventiva» (introducida por Duns Escoto 4). La primera es la que se aplica a todos nosotros con «el lavado de la regeneración» bautismal 5. La última es la acontecida en María ya antes de que pudiera incurrir en pecado. Juan Pablo II añade que «el paralelismo que san Pablo establece entre Adán y Cristo se completa con el que establece entre Eva y María: el papel de la mujer, notable en el drama del pecado, lo es también en la redención de la humanidad. San Ireneo presenta a María como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la incredulidad y la desobediencia de Eva. Ese papel en la economía de la salvación exige la ausencia de pecado. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención. El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador.» 6
La dificultad, pues, quedó superada al entender que María es la primera redimida en atención a los méritos de su Hijo y que si bien el pecado original se transmite por generación, Dios aceptó anticipadamente el precio de ese rescate y lo aplicó a la Virgen en forma de redención preventiva, impidiendo así que contrajera el pecado original.
Hitos del Magisterio sobre la Inmaculada
En resumen, cabe destacar, los siguientes hitos en el Magisterio de la Iglesia sobre la Inmaculada:
-Sixto IV, en los años 1476 y 1483 aprueba la Fiesta y el oficio de la Concepción Inmaculada, prohibiendo calificar como herética la sentencia inmaculista 7. Poco después, de nuevo levantó su voz contra quienes tachaban de herejes y pecadores a los que celebraban el oficio de la Inmaculada Concepción y a los asistentes a los sermones de quienes afirmaban que Ella fue concebida sin tal mancha 8.
Después, el Magisterio supremo de la Iglesia siguió favoreciendo la celebración solemne de la festividad de María Inmaculada, y prohibió atacar, ya en público, ya en privado, esta doctrina [9].
-Inocencio Vlll, en el año 1489 aprueba la invocación de la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen.
– el Concilio de Trento, en 1546, exponiendo la doctrina católica sobre el pecado original, afirmó: «este Santo Sínodo declara que no es intención suya incluir en este decreto, en que se trata del pecado original, a la bienaventurada e inmaculada Virgen María, Madre de Dios» [10].
-Un poco más tarde, S. Pío V condena la famosa proposición de Bayo (19) e incluye en el Breviario Romano el oficio de la Inmaculada.
-Paulo V, el año 1616, prohíbe enseñar públicamente la sentencia antiinmaculista.
-Gregorio XV, en el 1622, prohíbe tal enseñanza incluso privadamente.
-Alejandro VII declara que el objeto del culto es concretamente la concepción misma de la Virgen en la Constitución Sollicitudo, de 8 diciembre 1661, donde casi están ya al pie de la letra las palabras que luego usará Pío IX en la definición dogmática. Habla de la preservación del alma de María «en el primer instante de su creación e infusión del cuerpo» (DS, 2.803).
-Clemente XI, el año 1708, extiende la fiesta de la Inmaculada como fiesta de precepto a toda la Iglesia Universal [13].
El «sensus fidelium»
Es indudable que, en la creciente toma de conciencia del privilegio de la Inmaculada Concepción, hasta llegar a la definición dogmática, juega un papel importante el sensus fidelium (podríamos traducir: el reflexivo sentido común ilustrado por la fe, del pueblo cristiano) al comprender que la Madre de Dios no puede haber caído en el pecado, que el Hijo de Dios no sería buen Hijo o no sería omnipotente si no hubiera adornado a su Madre de todos los dones y de todas las gracias admirables que tenía en su poder y, sobre todo, del don de no dejarla ni un solo instante bajo el imperio del Maligno.
Ayuda eficaz prestaron también los teólogos, tanto los que defendieron el privilegio como quienes, con indudable buena intención, lo rechazaban. Unos y otros, con sus estudios y críticas, ayudaron a decantar las razones que en pro y en contra aparecían acerca de esta delicada cuestión 11.
1 CEC 491
2 InD, DS 2803; LG 53.
3 LG 53, 56.
4 Cfr. Juan Pablo II, Aud. Gen., 5-VI-1996, 3.
5 InD, DS 2803; LG 53; cfr. Tit 3, 15
6 Juan Pablo II, Aud. Gen. 29-V-1996
7 SIXTO IV, const. Cum praeexcelsa, 28-II-1476
8 SIXTO IV, const. Grave nimis, 4l-X-1483
9 Cfr. SAN PÍO V, Bula Ex omnibus aflictionibus, 1-X-I567, n. 73; Const. Super speculam, 30-XI-1570; PAULO V, Breve del 12-IX-1617; GREGORIO XV, Decreto apostólico, año 1622; URBANO VIII, Bula Imperscrutabilis,12-II-1623; ALEJANDRO VII, Bula Sollicitudo omnium, 8-XlI-1661; CLEMENTE XI, Bula Commissi nobis, 8-XII-1708; BENEDICTO XIII, Breve Ex quo, 1-IV-1727.
10 CONCILIO DE TRENTO, sess. V
11 De otra parte, muchas Universidades del mundo de entonces no sólo defienden el privilegio de la Inmaculada Concepción, sino que incluso exigen juramento de defenderlo a quienes acceden a los grados académicos. Tal sucede con la de París (1497), Colonia (1499), Maguncia (1500), Viena (1501), Valencia (1530), Zaragoza, Granada, Alcalá de Henares, Osuna, Compostela y Toledo (1617), Baeza, Salamanca y Valladolid (1618), Barcelona y Huesca (1619), etc. Hay también pueblos, que se comprometen a defender dicho privilegio, el primero de los cuales es el de Villalpando (Zamora).
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Nota 1: este texto sigue a los capítulos 1-5, publicados en esta misma página:
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La Inmaculada Concepción
Fundamentos bíblicos
Proverbios 8, 22-33
22 « Yahveh me creó, primicia de su camino,
antes que sus obras más antiguas.
23 Desde la eternidad fui fundada,
desde el principio, antes que la tierra.
24 Cuando no existían los abismos fui engendrada,
cuando no había fuentes cargadas de agua.
25 Antes que los montes fuesen asentados,
antes que las colinas, fui engendrada.
26 No había hecho aún la tierra ni los campos,
ni el polvo primordial del orbe.
27 Cuando asentó los cielos, allí estaba yo,
cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo,
28 cuando arriba condensó las nubes,
cuando afianzó las fuentes del abismo,
29 cuando al mar dio su precepto
- y las aguas no rebasarán su orilla -
cuando asentó los cimientos de la tierra,
30 yo estaba allí, como arquitecto,
y era yo todos los días su delicia,
jugando en su presencia en todo tiempo,
31 jugando por el orbe de su tierra;
y mis delicias están con los hijos de los hombres. »
32 « Ahora pues, hijos, escuchadme,
dichosos los que guardan mis caminos.
33 Escuchad la instrucción y haceos sabios,
no la despreciéis.
34 Dichoso el hombre que me escucha
velando ante mi puerta cada día,
guardando las jambas de mi entrada.
35 Porque el que me halla, ha hallado la vida,
ha logrado el favor de Yahveh.
36 Pero el que me ofende, hace daño a su alma;
todos los que me odian, aman la muerte. »
Siracida 24, 3-21
3 « Yo salí de la boca del Altísimo,
y cubrí como niebla la tierra.
4 Yo levanté mi tienda en las alturas,
y mi trono era una columna de nube.
5 Sola recorrí la redondez del cielo,
y por la hondura de los abismos paseé.
6 Las ondas del mar, la tierra entera,
todo pueblo y nación era mi dominio.
7 Entre todas estas cosas buscaba reposo,
una heredad en que instalarme.
8 Entonces me dio orden el creador del universo,
el que me creó dio reposo a mi tienda,
y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob,
entra en la heredad de Israel.”
9 Antes de los siglos, desde el principio, me creó,
y por los siglos subsistiré.
10 En la Tienda Santa, en su presencia, he ejercido el
ministerio,
así en Sión me he afirmado,
11 en la ciudad amada me ha hecho él reposar ,
y en Jerusalén se halla mi poder.
12 He arraigado en un pueblo glorioso,
en la porción del Señor, en su heredad.
13 Como cedro me he elevado en el Líbano,
como ciprés en el monte del Hermón.
14 Como palmera me he elevado en Engadí,
como plantel de rosas en Jericó,
como gallardo olivo en la llanura,
como plátano me he elevado.
15 Cual cinamomo y aspálato aromático he dado fragancia,
cual mirra exquisita he dado buen olor,
como gálbano y ónice y estacte,
como nube de incienso en la Tienda.
16 Cual terebinto he alargado mis ramas,
y mis ramas son ramas de gloria y de gracia.
17 Como la vid he hecho germinar la gracia, y mis flores son
frutos de gloria y riqueza.
19 Venid a mí los que me deseáis,
y hartaos de mis productos.
20 Que mi recuerdo es más dulce que la miel,
mi heredad más dulce que panal de miel.
21 Los que me comen quedan aún con hambre de mí,
los que me beben sienten todavía sed.
En estos versos se vierte la fantástica cosmografía del antiguo Oriente; presentan la naturaleza creada y la salvación como obra de la Sabiduría divina y a ésta con los rasgos personales que a la luz del Nuevo Testamento la identifican con el Logos o Verbo, Segunda Persona divina. Contienen, pues, estos versos, un sentido pleno -no pretendido por el hagiógrafo, sino por el Espíritu Santo, autor principal de la Sagrada Escritura- que nos anticipa el misterio de la Trinidad. Pues bien, la Iglesia – con la audacia que le presta la solidez de su fe bíblica- en su Liturgia se permite aplicar los mismos versos a la Virgen María. Ella es criatura, concebida por sus padres en el tiempo, un día determinado, antes del cual no tenía existencia real. Pero se hallaba ab aeterno, en la eternidad de la mente de Dios, no solo como han estado y están todas las criaturas que han sido, son y serán (cfr. Ef 1, 4-7), sino como criatura única y singular, precisamente como «la ‘mujer’ que es la Madre de aquel, al cual el Padre ha confiado la obra de la salvación» 1: la mujer Madre del Hijo de Dios ( = Dios Hijo). El Hijo del eterno Padre, mediante la Encarnación se ha convertido en su propio Hijo. María es pues Madre de Aquel de quien ha recibido la vida natural y la plenitud de la vida sobrenatural («llena de gracia»). Por eso -se observa en Redemptoris Mater- la Liturgia no duda en llamarla «madre de su Progenitor» y en saludarla con palabras que Dante Alighieri pone en boca de san Bernardo: «hija de tu Hijo». «Si la elección eterna en Cristo y la destinación a la dignidad de hijos adoptivos se refieren a todos los hombres, la elección de María es del todo excepcional y única. De aquí, la singularidad y unicidad de su lugar en el misterio de Cristo»2. Ahora bien, si María recibe la nueva vida (gracia santificante) de su Hijo – Dios – Amor, «la recibe con una plenitud que corresponde al amor del Hijo a la Madre y, por consiguiente, a la dignidad de la maternidad divina, [y por esto] en la anunciación el ángel la llama ‘llena de gracia’» 3.
En definitiva y para concluir este apartado, en el que se han combinado los datos de la Escritura con la reflexión sobre su sentido dentro de la unidad de toda ella:
«Según la doctrina formulada en documentos solemnes de la Iglesia, esta ‘gloria de la gracia’ se ha manifestado en la Madre de Dios por el hecho de que ha sido redimida ‘de un modo eminente’. En virtud de la riqueza de la gracia del Amado, en razón de los méritos del que sería su Hijo, María ha sido preservada de la herencia del pecado original. De esta manera, desde el primer instante de su concepción, es decir, de su existencia, es de Cristo, participa de la gracia salvífica y santificante y de aquel amor que tiene su inicio en el ‘Amado’, el Hijo eterno del Padre, que mediante la Encarnación se ha convertido en su propio Hijo»4
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NOTAS
1 RM, 7.
2 RM, 9.
3 RM, 10.
4 RM, 10.
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Nota 1: viene de los capítulos 1-4, publicados en esta misma página: arvonet.wordpress.com
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La Inmaculada Concepción
Fundamentos bíblicos
c) La Mujer vestida de sol (Ap 12, 5)
Otro testimonio bíblico en favor de la Inmaculada se encuentra en el capítulo 12 del Apocalipsis, donde san Juan habla de la “mujer vestida de sol” (Ap 12, 1). La exégesis antigua y actual concuerda en ver en esa Mujer una doble significación:
– de una parte, la significación eclesiológica: «la Mujer de Sión» desde el principio de la historia humana combate con el Maligno. Es una imagen de la tremenda lucha secular de las fuerzas del mal con todos los descendentes de Eva, la raza humana en general y, en particular, con el pueblo de Dios, que ahora es la Iglesia. Se trata de un combate de larga duración a través de la historia, hasta que se alcance el triunfo final y definitivo, «el Reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo» (Ap. 12, 10) 1. En esta interpretación eclesiológica de la Mujer, ha puesto el acento la exégesis contemporánea, quizá debido al interés extraordinario que gracias a Dios la eclesiología ha despertado desde el Concilio Vaticano II. Sin embargo, no faltan los exegetas que insisten en la necesidad de no excluir la interpretación mariológica, que es la que aquí nos incumbe especialmente.
– De la interpretación colectiva, no puede separarse la significación individual. «La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro» (Ap 12, 5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta identificación de la mujer vestida de sol con María, la mujer que dio a luz al Mesías. La mujer-comunidad está descrita con los rasgos de la Mujer-Madre de Jesús.
Ap 12, 2 dice que la mujer “está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” (Ap 12, 2). Estas palabras parecen excluir a María que concibió virginalmente y dio a luz sin dolor a Jesús en Belén. Por eso, no bastaría este texto por sí solo para justificar una interpretación mariológica. Sin embargo, no se trata aquí del misterio de la Encarnación, sino de la Resurrección de Cristo y del nacimiento de la Iglesia. Estamos en una obra de san Juan, que, en su Evangelio, por dos veces pone en labios de Jesús la palabra «mujer» dirigiéndose a María su Madre (como hace también Lucas). En el trasfondo se encuentra la «Hija de Sión», figura de María en el Antiguo Testamento. Nosotros, como Juan, estamos en el Nuevo Testamento, contemplando el conjunto y la Escritura en su unidad. ¿Cómo no pensar -Juan y nosotros- en una interpretación mariana? Es lo que hizo la tradición monástica en la liturgia de la Asunción y en el arte cristiano. María no sufrió dolores de parto en Belén, pero sí -¡y de qué manera!- en el Calvario, donde, de algún modo, en lo que estaba de su parte, dio a luz al triunfo de su Hijo en la nueva vida de Resucitado y a cada uno de sus discípulos (representados por Juan). Belén está orientado hacia la Cruz; su Hijo sólo le es dado porque debe morir y redimir así a Israel. Más adelante tendremos que ver hasta qué extremo estuvo María bajo Cristo, pero con Cristo y en Cristo, espiritualmente clavada en la Cruz, mereciendo a su modo lo mismo que sin medida merecía su Hijo.
La Mujer del Apocalipsis 12 remite, en efecto, a la Madre de Jesús al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), donde participa, con el alma traspasada por una espada de dolor (cf. Lc 2, 35), en los sufrimientos del parto de la comunidad de los discípulos. Pues bien, a pesar de sus agonías, va vestida de sol, resplandece con el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo. Estas imágenes, aunque no indican directamente el privilegio de la Inmaculada Concepción, pueden interpretarse como expresión de la solicitud amorosa del Padre que llena en todo momento a María con la gracia de Cristo y el esplendor del Espíritu. En Ella todo don de Dios es anticipado. En lo que depende de la criatura, María con su fiat libérrimo hace posible la Encarnación del Verbo. Con la extensión de su sí hasta el Calvario es, como hemos de ver todavía mejor, corredentora. Ciertamente es de lógica divina que María sea la primera redimida, anticipándose en Ella la aplicación de los méritos de su Hijo y, cabe decir, los suyos propios. No es una dificultad para el Señor de la Historia. Apocalipsis 12 la contempla, como hemos visto, vestida de sol (símbolo de la constancia), plantada sobre la luna (símbolo de la caducidad), como dominando el tiempo y habitando la eternidad. Así lo entiende la Iglesia al aplicar a la Virgen Santa Proverbios 8, 22-33 y Siracida, 24, 3-21:
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NOTAS
1 Cfr. I. de la Poterie, o.c. p. 304.
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La Inmaculada Concepción
Fundamentos bíblicos
b) El Protoevangelio (Gen 3, 15)
Además del relato lucano de la Anunciación, la Tradición y el Magisterio han considerado el llamado Protoevangelio (Gn 3, 15) como una fuente escriturística de la verdad de la Inmaculada Concepción de María. «Tras la caída [de nuestros primeros padres], el hombre no fue abandonado por Dios al poder de la muerte. Al contrario, Dios lo llama (cf Gn 3, 9) y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (cf Gn 3, 15)» 1. Después de maldecir a la serpiente tentadora, le dice Dios: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la suya. Ella te aplastará la cabeza, mientras tú le muerdes el talón» (Gn 3, 15). Ese texto, a partir de la antigua versión latina – «Ella te aplastará la cabeza» -, ha inspirado muchas representaciones de la Inmaculada que aplasta a la serpiente bajo sus pies. Aunque esta traducción no corresponde al texto hebraico – porque quien pisa la cabeza de la serpiente no es la mujer, sino su linaje (su descendiente) -, la concepción bíblica establece una profunda solidaridad entre el progenitor y la descendencia. Es, por tanto, coherente con el sentido original del pasaje, la representación de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por virtud propia sino de la gracia del Hijo 2.
«En el mismo texto bíblico, además, se proclama la enemistad entre la mujer y su linaje, por una parte, y la serpiente y su descendencia, por otra. Se trata de una hostilidad expresamente establecida por Dios, que cobra un relieve singular si consideramos la cuestión de la santidad personal de la Virgen. Para ser la enemiga irreconciliable de la serpiente y de su linaje, María debía estar exenta de todo dominio del pecado. Y esto desde el primer momento de su existencia. A este respecto, la encíclica Fulgens corona, argumenta así: “Si en un momento determinado la santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese período de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna, de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre” 3. La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción. El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora. El apelativo llena de gracia y el Protoevangelio, al atraer nuestra atención hacia la santidad especial de María y hacia el hecho de que fue completamente librada del influjo de Satanás, nos hacen intuir en el privilegio único concedido a María por el Señor el inicio de un nuevo orden, que es fruto de la amistad con Dios y que implica, en consecuencia, una enemistad profunda entre la serpiente y los hombres» 4.
Es muy lógico, pues, que si san Pablo entiende a Cristo como nuevo Adán -nueva Cabeza de la Humanidad por Él redimida – en seguida la reflexión teológica se pregunte por la nueva Eva. Génesis 3, 15, como todo el Antiguo Testamento, recibe nueva luz con la Nueva Alianza; y de este modo se halla que Jesús y María constituyen la réplica asimétrica de Adán y Eva. La mujer Eva procede del hombre Adán. El Nuevo Adán nace de la nueva Eva, María. Adán y Eva introducen con el pecado de origen la muerte en la humanidad, pierden toda la riqueza sobrenatural y preternatural que habían recibido. Cristo y María hacen lo contrario: obedecen al Padre celestial en todo, hasta la muerte. Son hijos de Adán, pertenecen plenamente al género humano, pero su pureza, su gracia es plena, son inmaculados. Con esto borran lo hecho por Adán y Eva, como si el tiempo y la historia empezasen de nuevo. De hecho, la vida que Cristo nos da con su gracia equivale a una nueva creación que, en los fieles, comienza en el sacramento del bautismo, y en María, por singular privilegio, en el mismo instante de su Concepción. Ella es la Aurora que anuncia el nuevo y gran Día que hizo el Señor (Cfr. Ps 118, 24).
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NOTAS
1 CEC, 410.
2 cfr. Juan Pablo II, Aud. Gen. 29-V-1996
3 AAS 45 [1953], 579
4 Juan Pablo II, Aud. Gen. 29-V-1996
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Ver en “PAGINAS”, escritos sobre el misterio de la Inmaculada Concepción de María Santísima:
- Por el Papa Benedicto XVI (Alocuciones, Homilías, etc.)
- Por San Josemaría Escrivá,
- Por Cervantes (poesía)
- Antonio Orozco publica un capítulo dividido en nueve apartados de breve teología sobre el misterio de la Inmaculada.
- Ver otros autores que aparecerán en este blog de arvonet.
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Tiempo que nos dona el Señor del tiempo, despertando en nuestros corazones la espera del Dios que viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, que venga su Reino de justicia y de paz, que se haga su voluntad así en la tierra como en el cielo
LA PAZ ES LA META A LA QUE ASPIRA TODA LA HUMANIDAD
CIUDAD DEL VATICANO, 2 DIC 2006.- En la homilía del primer domigo de Adviento, el Santo Padre afirmó que “al inicio de un nuevo ciclo anual, la liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a todas las gentes y lo sintetiza en dos palabras: “Dios viene”.
“El único verdadero Dios, el “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” -dijo-, no es un Dios que está en el cielo y que se desinteresa de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios que viene. Es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros, y respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarnos y visitarnos; quiere venir a morar entre nosotros, quiere quedarse con nosotros. Su “venir” es estimulado por la voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad. Dios viene a salvarnos”.
Benedicto XVI señaló que “la liturgia del Adviento hace hincapié en cómo la Iglesia da voz a la espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad; una espera a menudo ahogada o desviada hacia falsas direcciones”.
Los cristianos, continuó, pueden “acelerar el adviento final ayudando a la humanidad -mediante la oración y las “buenas obras”- a ir al encuentro del Señor que viene”. En este contexto, continuó, “el Adviento es un tiempo muy adecuado para vivir en comunión con todos los que -y gracias a Dios son tantos- esperan en un mundo más justo y más fraterno”.
“En este compromiso por la justicia -añadió- pueden colaborar juntos hombres de toda nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes. Todos, de hecho, están animados por el deseo común, aunque los motivos sean diversos, de un futuro de justicia y de paz”.
El Papa subrayó que “la paz es la meta a la que aspira la humanidad entera. Para los creyentes, la ‘paz’ es uno de los nombres más bellos de Dios, que quiere la concordia de todos sus hijos, como he tenido ocasión de recordar en el peregrinaje de hace unos días a Turquía”.
“Comenzamos por tanto este nuevo Adviento, tiempo que nos dona el Señor del tiempo -concluyó-, despertando en nuestros corazones la espera del Dios que viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, que venga su Reino de justicia y de paz, que se haga su voluntad así en la tierra como en el cielo”.
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Bienvenidos!! Acabamos de empezar.
Ojalá les sirva de ayuda el contenido de estas página.
Saludos
Antonio Orozco
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