TOCQUEVILLE
Y LOS CIUDADANOS INDIVIDUALISTAS,
Autor: Antonio R. Rubio Plo,
historiador y analista de relaciones internacionales
Tocqueville supo intuir la paradoja de que en las sociedades democráticas, partidarias del gobierno de los ciudadanos, arraigaría un fuerte individualismo
Vivimos en una sociedad posmoderna, que suele apreciar el pasado sobre todo en forma de bestsellers históricos, pues la Historia ya no es ni maestra de la vida, en la expresión ciceroniana, ni sirve de consejera a los gobernantes que se preocupan más del corto plazo que de las grandes estrategias. Lo histórico es ahora entretenimiento y no se priva de aliarse con la fantasía si ésta recibe un toque de misterio. Mas esto no quiere decir que el hombre posmoderno piense en el futuro: suele carecer de otra finalidad que no sea la inmediata, y pensar en el futuro y sus posibles consecuencias puede producirle desasosiego, pues se imagina vivir en un eterno presente. Por lo demás, se nos asegura que las ideas no cuentan, que cada uno tiene las suyas y que filosofía, religión e ideología son términos casi equivalentes y situados al margen de lo racional. Sólo cabe actuar con pragmatismo, aunque no se suela emplear esta expresión porque tiene connotaciones poco idealistas que se dan de bruces con esos buenos sentimientos de los que suelen hacer gala los posmodernos. Al mismo tiempo asistimos a un apogeo del cientificismo y de un racionalismo acrítico como en el siglo XIX, con pretensiones mesiánicas incluidas aunque a veces enmascaradas en pomposos y lastimeros discursos de que todo se hace en bien de la humanidad, aunque no esté tan claro que se haga en beneficio de las personas concretas.
Pero las ideas no han muerto y leer a ciertos pensadores pueden arrojar cierta luz sobre unos tiempos no tan novedosos como se pretenden. Uno de ellos es Alexis de Tocqueville, un hombre de origen aristocrático que en el siglo XIX se dio cuenta de la irresistible ascensión de la democracia, una trayectoria histórica que se hubiera producido aunque no tuviera lugar la Revolución Francesa[1]. El oponerse al advenimiento de la democracia le parecía una tarea inútil. Los tiempos anteriores a 1789 nunca volverían. Por el contrario, pretendía analizar el nuevo sistema político hasta sus últimas consecuencias, y lo demostró en su monumental obra, La democracia en América. Tocqueville fue de los primeros en darse cuenta que la libertad podía estar amenazada no sólo por el consabido despotismo autoritario sino también por el “despotismo blando” de un Estado que, sin embargo, se presenta a sí mismo como dispensador y garante de derechos y libertades.
“Ciudadanía democrática”, “ciudadanismo” o “republicanismo” son expresiones insertadas hoy en discursos políticos y con vocación de figurar hasta en los libros de texto escolares. Irreprochables y políticamente correctas pero un Tocqueville, con grandes capacidades analíticas y oratorias, no se dejaría llevar por los fáciles entusiasmos que algunos exhiben en nuestros días. El pensador francés se daría cuenta enseguida de una paradoja de esta sociedad posmoderna: se habla a menudo de ciudadanía mas esto no significa necesariamente una llamada a una mayor participación en la vida pública, que no es sólo la política. Muchos discursos que se transmiten en el poder acerca de las libertades individuales no son una llamada a la responsabilidad ciudadana. Se habla mucho de Estado de Derecho y muy poco de sociedad civil. Se habla mucho de libertad de expresión contra la que no caben prácticamente límites que recuerden la necesidad de respeto a minorías o a mayorías. Mas lo que parece existir una libertad para la ofensa gratuita, no pocas veces presentada bajo el marco de la cultura o el arte en nombre de la libre expresión, y una libertad entendida como la consagración de la posibilidad de elegir por encima de lo que algunos llamarían el bien y el mal. Los que la defienden se consideran “campeones” o “radicales” de las libertades. ¿Qué ofrecen en realidad? La libertad de los satisfechos. Pero esto encierra un gran peligro percibido por Tocqueville: “¿Qué me importa después de todo que exista una autoridad siempre preocupada de que disfrute tranquilamente de mis placeres, y que se ocupe de despejar los peligros en mi camino sin darme siquiera la oportunidad de pensar en ello, si esa autoridad, al mismo tiempo que aparta de mi camino las menores espinas, es dueña absoluta de mi libertad y mi vida, si monopoliza la libertad y la existencia hasta tal punto que es preciso que todo languidezca a su alrededor cuando ella languidece, que todo duerma cuando ella duerme, que todo perezca si ella muere?”[2].
Todo esto equivale a decir que el Estado es la libertad, el bien perfecto, la verdad absoluta aunque sus portavoces insistan en que todo es relativo… Bueno, todo menos el poder al que se aferran. Sin ese Estado benevolente no se puede hacer nada. Después de tantos siglos de defender lo racional como lo único real, después de tanto tiempo de proclamar utopías y revoluciones, después de insistir miles de veces en que otro mundo es posible, la máxima aspiración de bastantes personas es la del animal vigilado que tiene satisfechos necesidades y placeres. Los revolucionarios franceses del XVIII tendrían muy difícil presentar como modelo al incorruptible Bruto y los comunistas de los primeros años del sovietismo tampoco conseguirían despertar excesivos entusiasmos hacia Espartaco. Ese tipo de luchadores contra esclavitudes y tiranías sería un anacronismo en un mundo en el que se desea practicar un “nihilismo jovial”, en expresión de Richard Rorty[3], en el que no existe ningún criterio moral para defender la libertad. Es el mundo de la libertad sin fundamentos y sin límites, un mensaje agradecido que se cultiva desde las instancias del poder. En este contexto los representantes y simpatizantes de ideologías supuestamente benefactoras no han parado de repetir al ciudadano que tenía que pensar por sí mismo, emanciparse de los valores del pasado, no para aspirar a una sociedad perfecta en el futuro sino para instalarse en el más confortable de los presentes: el del individuo perfecto, seguro de sí mismo y conscientes de sus derechos, los otorgados desde arriba y todos aquellos que pueda exigir.
De todo lo anterior se deduce que la libertad, tal y como la conciben hoy muchas personas, poco tiene que ver con la vida pública por no decir con la vida política. No es una cuestión de sufragios, asambleas o representaciones, en la tradición de Grecia y Roma. Esa sería la “libertad de los antiguos”, por emplear una famosa expresión de Benjamín Constant en 1819[4]. No es la preferida en una sociedad que se caracteriza por ser hipercrítica con la clase política, y en la que proliferan encuestas en las que los portadores de togas, uniformes o hábitos religiosos son objeto de toda clase de denuestos que se resumen en uno de carácter indiscriminado: todos ellos mienten y nos han estado engañando de continuo. Esta actitud se explica perfectamente si consideramos que lo que más valoran muchos de nuestros conciudadanos es la dimensión privada de la vida, y ante ella deben ceder las jerarquías de cualquier tipo. No ha perdido actualidad otra apreciación de Constant sobre la “libertad de los modernos”: su objetivo es la libertad en los placeres privados y sólo llaman libertad a las garantías acordadas por las instituciones privadas a dichos placeres. De ahí a la formación de un Estado clientelar no hay mucha distancia: la voluntad de poder llega hasta el extremo de manipular el lenguaje y negar las evidencias. Los representantes de ese tipo de Estado pueden llegar a afirmar que toda su labor consiste en extender las libertades de los más aunque sea a costa de restringir las libertades de los que parecen ser menos.
Tocqueville llegó muy pronto a la conclusión de que este contexto social lleva rápidamente a minusvalorar la vida política y los deberes cívicos. Es el triunfo del individualismo. La sociedad sólo está compuesta por una atomización de individuos, de los que Tocqueville diría que “se imaginan placenteramente que su destino está por completo en sus manos”[5]. Y por si fuera poco, nuestro autor apreció otra engañosa creencia de su tiempo y del nuestro: que los asuntos económicos son autónomos de los políticos y que se bastan a sí mismos. Uno de los regímenes conocidos por Tocqueville, la monarquía de Luis Felipe de Orleáns, el llamado “rey ciudadano”, fomentaba esta creencia que sólo lleva a interesarse por el enriquecimiento personal. Un individualismo burgués del que el ciudadano estaba ausente. Hoy muchos dirían que mientras la economía vaya bien, lo demás poco importa. Pero en aquel régimen francés la avidez de riquezas y la corrupción representaron engañosos espejismos que ocultaban las tensiones prerrevolucionarias que trajeron la Segunda República en 1848.
¿Qué se entiende por ciudadanos en una sociedad autocomplaciente y ávida de bienestar individual? Habrá que pensar que no es una sociedad cohesionada sino en muchas ocasiones una mera yuxtaposición de individuos. Se nos argumentará que estas tendencias no son incompatibles con el fomento de la tolerancia o la solidaridad. Pero una cosa es fomentar sentimientos y otra muy diferente adquirir hábitos de conducta. Las buenas intenciones nunca serán un sucedáneo de la acción. Si esto fuera así, el mundo y las personas habrían cambiado desde hace tiempo. No son suficientes las actitudes emocionales pasajeras para frenar la tendencia al individualismo de las sociedades democráticas, presentida por Tocqueville hacia 1840: “el individualismo predispone a cada ciudadano a aislarse de la masa de sus semejantes y a apartarse con su familia y amigos; crea una pequeña sociedad para su uso y abandona voluntariamente la gran sociedad”.[6] También advirtió que esta tendencia lleva a arrinconar a los cuerpos intermedios, lo que hoy conocemos como sociedad civil. El resultado es un Estado todopoderoso y unos satisfechos ciudadanos individualistas. De ahí que Tocqueville advirtiera con gran lucidez que el riesgo de tiranía vendría dado no tanto por las masas intolerantes sino por la abstención individualista que paralizaría la sociedad misma[7].
Mas el molde en el que se diseña el ciudadano individualista no es sólo de la época de Tocqueville ni de la nuestra : el preámbulo de una ley aprobada el 14 de junio de 1791 por la Asamblea Constituyente Francesa es muy significativo. Nos referimos a la ley propuesta por el diputado jacobino Le Chapelier que no sólo iba contra los gremios de corte medieval sino que pretendía destruir todas las asociaciones y organizaciones intermedias en la sociedad francesa. Pues bien, el preámbulo podría formar parte del programa de gobierno de un gobernante totalitario, autoritario o de un “déspota blando”: “No habrá corporaciones dentro del Estado; no habrá más que el interés particular de cada individuo y el interés general. No se le permite a nadie infundir un interés intermedio en los ciudadanos para separarlos de un interés público en virtud de un espíritu corporativo”.[8] El individuo entra directamente en contacto con el Estado, el padre benéfico y desinteresado que no le manipula como otros grupos e instituciones. La inocencia primigenia, la del buen salvaje soñado por Rousseau, pasa ahora también al Estado. Niños, jóvenes, adultos y ancianos pueden pasar su mano sin temor por el lomo del “ogro filantrópico”, en la feliz expresión de Octavio Paz[9]. El gobierno ideal en el que todos están satisfechos, los que detentan el poder y los que creen tener algún poder, es del Estado que rige a los ciudadanos individualistas. En ese marco la manipulación del lenguaje alcanza las cotas más altas que nunca pudieron soñar los regímenes totalitarios del siglo XX. En tales circunstancias, no cabe esperar desembarcos de Normandía ni caídas del muro de Berlín. Sólo la sociedad civil, los grupos intermedios, esos que Le Chapelier aborrecía, pueden resistir los embates de quien se considera por encima de todo y de todos, pues si hay algo que realmente atemoriza al ogro es la posibilidad de la pérdida del poder.
[1] Vid. DÍEZ DEL CORRAL, L.: El pensamiento político de Tocqueville: formación intelectual y ambiente histórico, Madrid, 1989.
[2] Vid. TOCQUEVILLE, A.: De la démocratie en Amérique, Oeuvres complétes, París, 1961, p. 93.
[3] Cit por GREGG, S.: La libertad en la encrucijada. El dilema moral de las sociedades libres, Madrid, 2007, p. 71.
[4] Vid. CONSTANT, B.: “De la liberté des anciens comparés à celle des modernes”. Discours prononcé à l’Athénee royal de Paris, en De l’esprit de conquête et de l’usurpation, París, 1986, pp. 265-291.
[5] Vid. LAMBERTI, J.C.: “La libertad y las ilusiones individualistas según Tocqueville”, en ROLDÁN, D. (ed)., Lecturas de Tocqueville, Madrid, 2007, pp. 173-187.
[6] Vid. TOCQUEVILLE, A., op.cit. p. 300.
[7] Vid. JARDÍN, A., Alexis de Tocqueville 1805-1859, México, 1987, p. 217.
[8] Cit por GREGG, S., op. cit. p. 173.
[9] Vid. PAZ, O.: El ogro filantrópico, Barcelona, 1990.
