Tiempo que nos dona el Señor del tiempo, despertando en nuestros corazones la espera del Dios que viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, que venga su Reino de justicia y de paz, que se haga su voluntad así en la tierra como en el cielo
LA PAZ ES LA META A LA QUE ASPIRA TODA LA HUMANIDAD
En el Angelus del primer domigo de Adviento, el Santo Padre Benedicto XVI dijo estas palabras sobre el Adviento:
En Adviento la liturgia con frecuencia nos repite y nos asegura, como para vencer nuestra natural desconfianza, que Dios “viene”: viene a estar con nosotros, en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con él y entre nosotros. Viene a la historia de la humanidad, a llamar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz.
Por eso el Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza, en el que se invita a los creyentes en Cristo a permanecer en una espera vigilante y activa, alimentada por la oración y el compromiso concreto del amor. Ojalá que la cercanía de la Navidad de Cristo llene el corazón de todos los cristianos de alegría, de serenidad y de paz.
Para vivir de modo más auténtico y fructuoso este período de Adviento, la liturgia nos exhorta a mirar a María santísima y a caminar espiritualmente, junto con ella, hacia la cueva de Belén. Cuando Dios llamó a la puerta de su joven vida, ella lo acogió con fe y con amor. Dentro de pocos días la contemplaremos en el luminoso misterio de su Inmaculada Concepción. Dejémonos atraer por su belleza, reflejo de la gloria divina, para que “el Dios que viene” encuentre en cada uno de nosotros un corazón bueno y abierto, que él pueda colmar de sus dones.
En otra ocasión había afirmado:
“Al inicio de un nuevo ciclo anual, la liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a todas las gentes y lo sintetiza en dos palabras: “Dios viene”.“El único verdadero Dios, el “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob no es un Dios que está en el cielo y que se desinteresa de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios que viene. Es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros, y respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarnos y visitarnos; quiere venir a morar entre nosotros, quiere quedarse con nosotros. Su “venir” es estimulado por la voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad. Dios viene a salvarnos…La liturgia del Adviento hace hincapié en cómo la Iglesia da voz a la espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad; una espera a menudo ahogada o desviada hacia falsas direcciones”.
Los cristianos, continuó, pueden “acelerar el adviento final ayudando a la humanidad -mediante la oración y las “buenas obras”- a ir al encuentro del Señor que viene”. En este contexto, continuó, “el Adviento es un tiempo muy adecuado para vivir en comunión con todos los que -y gracias a Dios son tantos- esperan en un mundo más justo y más fraterno”.
“En este compromiso por la justicia -añadió- pueden colaborar juntos hombres de toda nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes. Todos, de hecho, están animados por el deseo común, aunque los motivos sean diversos, de un futuro de justicia y de paz. La paz es la meta a la que aspira la humanidad entera. Para los creyentes, la ‘paz’ es uno de los nombres más bellos de Dios, que quiere la concordia de todos sus hijos, como he tenido ocasión de recordar en el peregrinaje de hace unos días a Turquía”.
“Comenzamos por tanto este nuevo Adviento, tiempo que nos dona el Señor del tiempo, espertando en nuestros corazones la espera del Dios que viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, que venga su Reino de justicia y de paz, que se haga su voluntad así en la tierra como en el cielo”.