La Inmaculada Concepción
Fundamentos bíblicos
b) El Protoevangelio (Gen 3, 15)
Además del relato lucano de la Anunciación, la Tradición y el Magisterio han considerado el llamado Protoevangelio (Gn 3, 15) como una fuente escriturística de la verdad de la Inmaculada Concepción de María. «Tras la caída [de nuestros primeros padres], el hombre no fue abandonado por Dios al poder de la muerte. Al contrario, Dios lo llama (cf Gn 3, 9) y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (cf Gn 3, 15)» 1. Después de maldecir a la serpiente tentadora, le dice Dios: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la suya. Ella te aplastará la cabeza, mientras tú le muerdes el talón» (Gn 3, 15). Ese texto, a partir de la antigua versión latina – «Ella te aplastará la cabeza» -, ha inspirado muchas representaciones de la Inmaculada que aplasta a la serpiente bajo sus pies. Aunque esta traducción no corresponde al texto hebraico – porque quien pisa la cabeza de la serpiente no es la mujer, sino su linaje (su descendiente) -, la concepción bíblica establece una profunda solidaridad entre el progenitor y la descendencia. Es, por tanto, coherente con el sentido original del pasaje, la representación de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por virtud propia sino de la gracia del Hijo 2.
«En el mismo texto bíblico, además, se proclama la enemistad entre la mujer y su linaje, por una parte, y la serpiente y su descendencia, por otra. Se trata de una hostilidad expresamente establecida por Dios, que cobra un relieve singular si consideramos la cuestión de la santidad personal de la Virgen. Para ser la enemiga irreconciliable de la serpiente y de su linaje, María debía estar exenta de todo dominio del pecado. Y esto desde el primer momento de su existencia. A este respecto, la encíclica Fulgens corona, argumenta así: “Si en un momento determinado la santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese período de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna, de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre” 3. La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción. El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora. El apelativo llena de gracia y el Protoevangelio, al atraer nuestra atención hacia la santidad especial de María y hacia el hecho de que fue completamente librada del influjo de Satanás, nos hacen intuir en el privilegio único concedido a María por el Señor el inicio de un nuevo orden, que es fruto de la amistad con Dios y que implica, en consecuencia, una enemistad profunda entre la serpiente y los hombres» 4.
Es muy lógico, pues, que si san Pablo entiende a Cristo como nuevo Adán -nueva Cabeza de la Humanidad por Él redimida – en seguida la reflexión teológica se pregunte por la nueva Eva. Génesis 3, 15, como todo el Antiguo Testamento, recibe nueva luz con la Nueva Alianza; y de este modo se halla que Jesús y María constituyen la réplica asimétrica de Adán y Eva. La mujer Eva procede del hombre Adán. El Nuevo Adán nace de la nueva Eva, María. Adán y Eva introducen con el pecado de origen la muerte en la humanidad, pierden toda la riqueza sobrenatural y preternatural que habían recibido. Cristo y María hacen lo contrario: obedecen al Padre celestial en todo, hasta la muerte. Son hijos de Adán, pertenecen plenamente al género humano, pero su pureza, su gracia es plena, son inmaculados. Con esto borran lo hecho por Adán y Eva, como si el tiempo y la historia empezasen de nuevo. De hecho, la vida que Cristo nos da con su gracia equivale a una nueva creación que, en los fieles, comienza en el sacramento del bautismo, y en María, por singular privilegio, en el mismo instante de su Concepción. Ella es la Aurora que anuncia el nuevo y gran Día que hizo el Señor (Cfr. Ps 118, 24).
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NOTAS
1 CEC, 410.
2 cfr. Juan Pablo II, Aud. Gen. 29-V-1996
3 AAS 45 [1953], 579
4 Juan Pablo II, Aud. Gen. 29-V-1996
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© Antonio Orozco Delclós
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