La Inmaculada Concepción
Fundamentos bíblicos
c) La Mujer vestida de sol (Ap 12, 5)
Otro testimonio bíblico en favor de la Inmaculada se encuentra en el capítulo 12 del Apocalipsis, donde san Juan habla de la “mujer vestida de sol” (Ap 12, 1). La exégesis antigua y actual concuerda en ver en esa Mujer una doble significación:
– de una parte, la significación eclesiológica: «la Mujer de Sión» desde el principio de la historia humana combate con el Maligno. Es una imagen de la tremenda lucha secular de las fuerzas del mal con todos los descendentes de Eva, la raza humana en general y, en particular, con el pueblo de Dios, que ahora es la Iglesia. Se trata de un combate de larga duración a través de la historia, hasta que se alcance el triunfo final y definitivo, «el Reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo» (Ap. 12, 10) 1. En esta interpretación eclesiológica de la Mujer, ha puesto el acento la exégesis contemporánea, quizá debido al interés extraordinario que gracias a Dios la eclesiología ha despertado desde el Concilio Vaticano II. Sin embargo, no faltan los exegetas que insisten en la necesidad de no excluir la interpretación mariológica, que es la que aquí nos incumbe especialmente.
– De la interpretación colectiva, no puede separarse la significación individual. «La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro» (Ap 12, 5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta identificación de la mujer vestida de sol con María, la mujer que dio a luz al Mesías. La mujer-comunidad está descrita con los rasgos de la Mujer-Madre de Jesús.
Ap 12, 2 dice que la mujer “está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” (Ap 12, 2). Estas palabras parecen excluir a María que concibió virginalmente y dio a luz sin dolor a Jesús en Belén. Por eso, no bastaría este texto por sí solo para justificar una interpretación mariológica. Sin embargo, no se trata aquí del misterio de la Encarnación, sino de la Resurrección de Cristo y del nacimiento de la Iglesia. Estamos en una obra de san Juan, que, en su Evangelio, por dos veces pone en labios de Jesús la palabra «mujer» dirigiéndose a María su Madre (como hace también Lucas). En el trasfondo se encuentra la «Hija de Sión», figura de María en el Antiguo Testamento. Nosotros, como Juan, estamos en el Nuevo Testamento, contemplando el conjunto y la Escritura en su unidad. ¿Cómo no pensar -Juan y nosotros- en una interpretación mariana? Es lo que hizo la tradición monástica en la liturgia de la Asunción y en el arte cristiano. María no sufrió dolores de parto en Belén, pero sí -¡y de qué manera!- en el Calvario, donde, de algún modo, en lo que estaba de su parte, dio a luz al triunfo de su Hijo en la nueva vida de Resucitado y a cada uno de sus discípulos (representados por Juan). Belén está orientado hacia la Cruz; su Hijo sólo le es dado porque debe morir y redimir así a Israel. Más adelante tendremos que ver hasta qué extremo estuvo María bajo Cristo, pero con Cristo y en Cristo, espiritualmente clavada en la Cruz, mereciendo a su modo lo mismo que sin medida merecía su Hijo.
La Mujer del Apocalipsis 12 remite, en efecto, a la Madre de Jesús al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), donde participa, con el alma traspasada por una espada de dolor (cf. Lc 2, 35), en los sufrimientos del parto de la comunidad de los discípulos. Pues bien, a pesar de sus agonías, va vestida de sol, resplandece con el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo. Estas imágenes, aunque no indican directamente el privilegio de la Inmaculada Concepción, pueden interpretarse como expresión de la solicitud amorosa del Padre que llena en todo momento a María con la gracia de Cristo y el esplendor del Espíritu. En Ella todo don de Dios es anticipado. En lo que depende de la criatura, María con su fiat libérrimo hace posible la Encarnación del Verbo. Con la extensión de su sí hasta el Calvario es, como hemos de ver todavía mejor, corredentora. Ciertamente es de lógica divina que María sea la primera redimida, anticipándose en Ella la aplicación de los méritos de su Hijo y, cabe decir, los suyos propios. No es una dificultad para el Señor de la Historia. Apocalipsis 12 la contempla, como hemos visto, vestida de sol (símbolo de la constancia), plantada sobre la luna (símbolo de la caducidad), como dominando el tiempo y habitando la eternidad. Así lo entiende la Iglesia al aplicar a la Virgen Santa Proverbios 8, 22-33 y Siracida, 24, 3-21:
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NOTAS
1 Cfr. I. de la Poterie, o.c. p. 304.
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© Antonio Orozco Delclós
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